CYBORGFRANKESCRIT

CYBORGFRANKESCRIT

Un relato de ciencia ficció, inspirado en otros relatos, que reflexiona sobre el proceso de la escritura.

Un edificio construido bajo tierra, de sólo 34 plantas. En la entrada situada sobre la superficie terrestre, las palabras: Corporación contraescritura. Centro de destrucción molecular. En esos tiempos de un postcapitalismo salvaje y glolocal donde las opresiones estaban programadas y automatizas, el escribir había desaparecido. Franke trabajaba en el centro de destrucción molecular. Era una de las cyborgs programadas para destruir todo tipo de escritos e impedir la práctica de la escritura, la cual había sido eliminada mediante modificaciones quirúrgicas y bloqueada mediante intervenciones biotecnológicas. Franke soñaba con recuperar el recuerdo de esta práctica. Por ello, hacía ya tres años que pertenecía al colectivo clandestino “tinta roja”, desde donde luchaba contra el régimen totalitario que había censurado la escritura.

Franke había sido programada para la destrucción de cualquier práctica que tuviese que ver con la escritura, pero durante su configuración se produjo un error en el sistema que le hizo sensible a la lectura. Cuando fue destinada a una misión secreta de destrucción molecular, en la que una infinidad de libros, cartas, diarios personales, cuadernos de campo, artículos y revistas, eran destinados a la cápsula de desintegración, descubrió que la lectura le causaba un gran placer y se dio cuenta de que la inhibición de la escritura era una estrategia de control social. Fue entonces cuando se unió clandestinamente a “tinta roja”. Durante meses intentó escribir, recuperar aquella práctica ancestral, pero no logró vencer el bloqueo de la página en blanco. Se plantaba durante horas ante aquella pagina vacía, que parecía apoderarse de sus pensamientos, dejándole también en blanco. Por más que la miraba, la inspiración de la escritura no florecía. Un día decidió escribir lo que sentía ante la página en blanco. Lo que había conseguido escribir no era maravilloso, pero era algo. Quiso mostrarles los logros a unas compañeras de “tinta roja”, pero cuando ante ellas, intento enfrentarse de nuevo a la página en blanco… nada. Le resultó imposible, otra vez estaba en blanco, como la hoja. Se desplazaron a la sala insonora pues sospechaba que el ruido de los engranajes no le estaban dejando concentrase. Sin embargo, pese a que cuando consiguió escribir lo hizo aislada de ruidos y otros distractores, esta vez no funcionó. Pensó entonces que aquella práctica era solitaria, íntima. Que no sólo no podía haber ruidos, sino tampoco gente, aunque tuviesen la intención de escribir conjuntamente, pues entonces sólo podía pensar: tengo que escribir algo, tengo que escribir algo, tengo que escribir algo… la misma sensación que cuando se enfrentaba a la página en blanco.

Durante los siguientes meses, Franke, se sumergió en un arduo proceso de investigación para construir el chip de la recuperación de la escritura. Pasaba noches y días en su laboratorio, conectando recuerdos que extraía de cadáveres criogenizados que había robado en los bunkers de refrigeración histórica, altamente custodiados y a los que sólo tenía acceso por pertenecer a la corporación. Durante sus pruebas se encontró con una serie de problemas. Mientras probaba el chip, incrustándolo en su propio cuerpo, descubrió que, en el punto álgido de la escritura, le entraban unas ganas terribles de levantarse y no es que tuviera problemas con quedarse sentada durante largo rato. Pero justo, en aquel momento, le entraba un nervio que recorría todo su cuerpo, que le impulsaba a hacer otras acciones nada tenían que ver con la escritura. Sin embargo, con el paso del tiempo, comprobó que haciendo otras acciones, surgían ideas que le ayudarían a enfrentarse a la página en blanco.

Cuando ya había podido incorporar en el chip los códigos necesarios para desbloquear el sentimiento de angustia que producía una pagina vacía, se encontró con otra dificultad. Había comenzado a hacer pruebas tomando como ejemplo algunos documentos que había rescatado llamados “subvenciones”. Escribir siguiendo aquel modelo era realmente aburrido. Las palabras no fluían y cuando con gran esfuerzo conseguía escribir un párrafo, se daba cuenta que aquel conjunto de palabras no tenía sentido ¿Cómo podía ser posible escribir y no contar nada? Se extraño de la cantidad de documentos recuperados que estaban en este formato. Aunque en realidad algo si contaban, contaban que no había pasión. Esto fue otro aspecto que codificó e introdujo en el chip. Para que las palabras fluyeran era necesario que quien escribía se reconociese en el texto, jugar con las palabras, imaginar que alguien le escuchaba, que aquello que escribía era un cuento, un relato, una escusa para hablar desde ella, que no necesariamente de ella. Por ello, algo imprescindible, que también tuvo en cuenta durante la construcción del chip, fue la lectura en voz alta del propio texto, cómo si tuviese a alguien delante. Siempre que lo hacía, aunque pensase que el texto ya estaba finalizado, se daba cuenta de pequeños detalles, que, como piedras en el camino, dificultaban el paseo de la lectora.

Cuando Franke había conseguido llenar hojas y hojas de párrafos se dio cuenta de que algo fallaba, unos no conectaban con otros. Había como un vacío en el medio, un abismo que desconectaba a la lectora de aquella historia en la que se había sumergido. Cada fragmento era cómo la pieza de un puzzle. Al texto le faltaba coherencia, no era un relato, sino un hoja llena de fragmentos inconexos. Había que redactar conectores que, como si piezas un puzzle fuesen, consiguiesen armar aquella historia. Nuevamente imaginarse alguien a quien contársela le facilitaba la tarea.

Ahora que el chip estaba ya casi terminado, Franke pensó en probarlo con sus compañeras de “tinta roja”. Pero una duda que le asaltaba era si habría construido un chip basándose en su propia experiencia, y que por tanto, no serviría a otras personas. Quizás el chip no hacía falta y si se quería recuperar la práctica de la escritura, la primera lucha era enfrentarse a la pagina en blanco e imaginarse que, como si sentadas ante el fuego estuviesen, una historia iban a contar.

Aida I de prada.